Hay un momento en cada mensaje
en el que la voz deja de ser sonido
y empieza a abrir caminos.
No es el momento del aplauso.
No es el momento de la fórmula bien dicha.
Es el momento del silencio
en el que la persona del otro lado
deja de escucharte hablar
y empieza a escucharse a sí misma.
Ese momento no se improvisa.
Se prepara.
Se prepara en el escritorio,
horas antes,
escribiendo cada palabra como si pesara una piedra.
Se prepara en el cuerpo,
respirando hondo
antes de decir lo que vino a decir.
Se prepara en el corazón,
soltando todo lo que querías parecer
para quedar solamente con lo que de verdad sos.
Por eso predicar, enseñar, comunicar,
no son oficios pequeños.
Son el oficio antiguo
de poner palabras donde antes había niebla,
y dejar que esa palabra haga su trabajo
mientras nosotros nos hacemos a un lado.
Si estás leyendo esto en voz alta,
probablemente sos parte de esa tribu.
La de los que escriben antes de subir al escenario.
La de los que oran antes de abrir la boca.
La de los que entienden
que cinco minutos preparados
pesan más que cincuenta improvisados.
Bienvenido a NEHIA.
Acá el tiempo no es enemigo:
es aliado.
El bosquejo no es jaula:
es columna.
Y la palabra que vos prepararás
va a llegar a destino
en el segundo exacto en que tenía que llegar.
Ahora respirá.
Y empezá.